Querida Diabetes:

Era pequeña cuando por primera vez escuché tu nombre. Solo recuerdo que un día llegaste y que, hasta el día de hoy, no te has ido. Desde aquel momento en que nos conocimos, nuestras vidas no fueron las mismas. Era como ver el mundo desde una nueva perspectiva, mejor dicho, desde tu perspectiva. Había muchas cosas que no comprendía en ese momento, muchas dudas quedaron flotando en el aire.

Mi madre y mi padre tomaron el cuidado de nosotras.

Al principio me causabas mucha curiosidad y no entendía bien porqué tanta preocupación o por qué los doctores me hablaban muy mal de ti, como si trataran de asustarme. Debo confesarte que si me daban miedo las inyecciones, tener que pincharme a cada rato mis dedos y, sobretodo, las agujas para hacerme análisis de sangre. ¿Recuerdas que un día después de resistirme a esas inyecciones, que tanta ansiedad me causaban, muy seriamente mi mamá y mi papá nos dijeron que yo tenía que hacerme cargo de ti, porque tú me acompañarías de por vida?. Éramos tú y yo, solas. Y bueno, poco a poco fuimos congeniando aunque a veces fue muy duro ir al súper y ver todas esas cosas que nos decían que “no podíamos comer”; la envidia de ver a mis hermanos y amigos comer cosas “prohibidas” y tener que conformarnos con lo mismo casi diario y, de pilón tener que picarme el dedo para ver si estaba “bien” o “mal” e inyectarme; pero bueno, de repente comimos a escondidas algunas cosas, aunque terminaban por descubrirnos de una manera u otra.

Creo recordar nuestra primera hipoglucemia (que viendo hacia atrás, 76 mg/dl no lo era como tal), pero qué deliciosos hot cakes con miel nos comimos esa vez. Lo malo fue que después como que a ti no te cayeron tan bien y a mis papás no les agradó tanto el resultado en el glucómetro. Creo que era porque cambiabas muy fácil de parecer.

Recuerdo que en la adolescencia nos peleamos. Te odié tanto que decidí ignorarte casi por completo. Mis padres trataban de hacer de todo para reconciliarnos, pero eso solamente me hizo sentir más enojo del que ya tenía hacia ti. Trataba de burlar todas tus señales, pero terminaste por confrontarme en el hospital por dos ocasiones. Estábamos exhaustas de nuestro malestar físico, mental y emocional. Fue ahí cuando decidí no pelear más, abrazarte y cuidar de nosotras.

Cuando nos empezamos a reencontrar, ¿te acuerdas que nos llegábamos a inyectar hasta 60 unidades de Lantus de un jalón? Lo recuerdo y no lo puedo creer, pero me alegro de que fuimos buscando las respuestas y soluciones a todo lo que nos pasaba. Afortunadamente teníamos el apoyo de mis papás y encontramos profesionales de la salud que nos dieron una mirada completamente distinta sobre nuestra relación.

Sin duda en todos estos años hemos pasado por muchísimas cosas, desde obsesionarnos con las porciones de comida, tener los niveles de glucosa “perfectos”, y luego ser muy relajadas…pero todo eso fue parte de nuestro proceso para encontrar nuestro punto medio. Tuvimos la oportunidad de viajar juntas a otro país y hasta enfermarnos estando ahí solas…Qué difícil fue, pero cómo nos acercó una a la otra…En fin, nunca dejo de aprender de ti y, a pesar de que a veces no quisiera saber de ti, siempre te agradezco lo que le has añadido a mi vida, lo que has hecho de mi.

Gracias a ti he podido descubrir mi fuerza, de todo lo que soy capaz de lograr y que eres mi razón para estar más viva que nunca.

Siempre te llevo conmigo, Angie.

Deja un comentario